Un día, de repente, un misterioso marqués apareció en un pequeño pueblo rural y comenzó a comprar obras de arte. Su único interés era que los cuadros tuvieran como tema los “desnudos”.
Liv Rhoides era una simple profesora particular. Para pagar las medicinas de su hermano enfermo, había posado desnuda un par de veces en secreto, pensando que no habría problema, ya que solo le habían pedido que mostrara la espalda.
Eso, hasta que alguien compró una pintura en la que su rostro de perfil era claramente visible.
“Es posible que Dios te escuche, pero no te concederá lo que pides.”
Las palabras, murmuradas con un tono cínico, eran tan bajas que solo Liv pudo oírlas.
“Lo que puede lograrse depende del ser humano, maestro.”
Su voz grave resultaba inquietante, pero al mismo tiempo fascinante, como el canto de una sirena.
Mientras mantenía la mirada fija en el icono, los ojos de él se desviaron hacia Liv por un instante.
“Así que, ora por mí.”
La comisura de los labios del marqués se curvó levemente.
Ese breve momento en que sus miradas se cruzaron pareció durar una eternidad.
“¿Sabes? Tal vez ocurra un milagro.”